El señor Zapatero, gracias al apoyo que le han prestado unas minorías nacionalistas y de marcada antiespañolidad, ha sentado una serie de precedentes, que legitimará a futuros presidentes del gobierno a actuar de una forma sectaria y partidista, tal como está gobernando él.

Cualquier ciudadano español que acceda a la presidencia del gobierno, el cargo le otorgará la potestad de hacer todo aquello que según su particulares puntos de vista e ideas personales le indiquen.

Podrá derribar las estatuas de aquellos que no escribieron la historia a su placer.
Hacer pactos contra natura con los que le puedan apoyar para eternizarse en el poder.
Podrá reabrir hechos consumados y consumidos en el tiempo, para actualizarlos según su santa voluntad.
Se podrá erigir en juez supremo para condenar o salvar a los que su equidad decida.
Podrá decidir lo que es bueno o malo para sus súbditos.
Podrá erigirse en un dios supremo por encima del bien o del mal.

Y todo con esto, con el anuencia de los que le lisonjean, adulan y le “enjabonan” para extraer del personaje todas las prebendas que sus ansias partidistas ambicionan.

Quizás algunos en su ceguera, no admitan en otros acciones como las del señor Zapatero, si éstas no son acordes a sus ideas. En su intolerancia y ofuscación, quizás tengan la absoluta convicción de que la estatua de Largo Caballero sea digna de estar en su pedestal del Paseo de la Castellana de Madrid, e indigna la de Francisco Franco.

Y si mañana otro presidente de gobierno, abusando de la fuerza e indemnidad que le confiere su cargo, cambiara todas las decisiones tomadas por el señor Zapatero, como él ha cambiado las de otros, y volviera a poner la historia otra vez en su sitio; éstos que hoy aplauden “al Rojo”,* mañana se rasgarán las vestiduras ante los mismo hechos.

* Definición dada por él mismo.